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Cuando el enemigo es el espejo

Peinados grotescos, moda degradante y valores guardados en un cajón. La de los ochenta fue una década funesta. A mi generación le tocó padecer el último lustro, ahí cuando César Costa nos amargaba la noche de cada martes educando a Cesarín en Papá Soltero, el estómago se nos revolvía con La Incondicional de Luis Miguel y peor aún, el América era un equipo temible, poderoso y en ocasiones hasta brillante. Como si no tuviéramos suficiente con el terremoto del 85 y la caída del sistema del 88, el futbol no ponía de su parte para cumplir con su obligación de aderezarnos la existencia en tan obscuro entonces.

Las Águilas vestían una variación del diseño del Ajax en la camiseta: el rectángulo azul sobre fondo amarillo por detrás, se deformaba por delante en triángulo con punta en el ombligo y borde rojo, en cuyo epicentro pectoral sobresalía el espantoso globo terráqueo adoptado como escudo. Ahora que, si salían con el uniforme alternativo: fondo blanco en lugar de amarillo, ahí sí que no había manera. Tratar de vencerlos era malgastar el tiempo. 

Desde entonces, la leyenda del América de los 80 nos es tan familiar como los mitos de la Llorona o el Chupacabras. Después de ese equipo, nadie ha sido líder general dos torneos consecutivos. Nadie volvió a salir tricampeón tampoco. Los americanistas quedaron en estado zombi. Su equipo hizo mil veces el ridículo. Y cada vez que levantó cabeza con Leo Beenhakker, Mario Carrillo o Miguel Herrera al timón; la idealizada sombra de ese América espectacular, goleador y ganador, ese América que ya nadie sabe si fue realidad o ficción, agrió los títulos cosechados a cuentagotas, sobre todo aquellos conseguidos al estilo de Manolo Lapuente o Antonio Mohamed.

Con unas Chivas masacradas, un Cruz Azul apocado y un Pumas deprimente, el América se ha convertido en el enemigo más peligroso del propio América. 

Víctima de sus propia melancolía, ahora decidió empezar de cero para mirarse en el espejo y reconocerse en ese maldito equipo de los 80 que tanto le obsesiona. Gustavo Matosas tendrá la obligación de ser líder general, jugar bonito y salir campeón por lo menos un par de veces si quiere superar a sus antecesores. El fastidio, más que nunca, está garantizado.