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El techo blanco

Soy genuinamente feliz tres veces al año: cuando eliminan al Real Madrid de Copa del Rey, cuando pierde la Liga y cuando lo echan de la Champions. Poco exigente con la vida, con que ocurra esta última incidencia me doy por bien servido. 

El Madrid siempre vuela en febrero. Aunque sus aficionados, como los de Cruz Azul, dejen cegarse por promesas prematuras, mayo sigue siendo el único mes que la historia toma en cuenta. Y al Madrid le sobra tiempo para derrumbarse. 

Ocurrió con Pellegrini, con Mourinho, con Ancelotti y con todos y cada uno de los sucesores de Vicente del Bosque. El Madrid gana, gana, gana, gana y gana. Pero cuando llega la hora de ganar, pierde. Pasa por encima de la Real Sociedad y del Granada. Siembra el pánico en campos de Galatasaray y Schalke. Pero no le pongas a Barcelona, Bayern o Dortmund en frente, porque irremediablemente sus miserias salen al descubierto, para un saldo de 11 eliminaciones precoces al hilo. Ahí está el techo blanco.

Su doctrina admite absolutamente todo, menos el fracaso. El único compromiso del Real Madrid es ganar. Por las buenas cuando ha estado a su alcance, por las malas las más de las veces. Así es hoy y así fue siempre. Cuando ganar es lo único que importa no hay atenuante que valga. Cuando se apuesta a un único objetivo que lo justifique todo, y éste no se logra, nada queda. ¿Qué le queda al Madrid cuando pierde? Si su respuesta fue: “32 ligas y 9 Copas de Europa” me ha dado la razón. 

Acabar con la sequía en Champions es lo que le corresponde a un club fundado para ganar. Ahora están en cuartos de final y seguirán despachando rivales en Liga hasta salir merecidamente campeones. Lo harán por obligación y reflejo, apegados a la rutina de quien se lava los dientes. Una vez superados los 55 partidos de paja, será tiempo de eludir el perpetuo chasco que siempre los aguarda en semifinales. Que esta vez, dios los agarre confesados.