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Oda al árbitro

El juego en sí no lo ayuda. El balón vuela de un lado a otro sobre tres cuartos de hectárea verde en donde en él recae la responsabilidad de enfrentarse en soledad a 44 piernas que simulan faltas, exageran golpes y protestan con patético cinismo cuando no muerde el anzuelo. Confundir al árbitro, condicionar su próxima decisión es tan importante como tirar a gol en este deporte. 

Tampoco le salvan las tablas de la ley cuya obediencia tan celosamente vigila. Algunos de los 17 mandamientos, en concreto varios incisos del número 12 (faltas e incorrecciones), son tan ambiguos y sujetos a su apreciación que cada acción dudosa deja lugar para que alguien interprete que la está regando. 

Los avances tecnológicos que han simplificado nuestro día a día también le dan la espalda. En solidaridad con las carencias sufridas por sus abuelos, reloj y silbato son las únicas herramientas que la ciencia pone a su disposición.

Al campo lo escoltan tres o cinco compañeros que visten el mismo uniforme que nunca nadie compraría. Luego de saludar a los capitanes y sonreír para la foto que ningún tarado publica, los inútiles le abandonan dentro de los 8 mil metros cuadrados para repartirse tareas específicas en cada mitad del campo, cuando no nimiedades al lado de bancas y porterías.  

Aunque millones de perdedores lo seguirán culpando de sus desgracias, ningún ganador de la historia le reconocerá jamás ni la más mínima parte de sus éxitos. Las estadísticas lo ignoran: Si un delantero mete una de cinco, es dios. Si un medio completa 90 de 100 pases, es un crack. Si un portero consigue no cagarla en ninguna de las ocho o doce intervenciones que afronta por partido, está del otro lado. Pero si un árbitro toma una mala decisión entre las 300 que debe asumir por partido, sigue siendo un imbécil. Incluso en aquellas noches de inspiración en las que el árbitro triunfa sobre su condición humana y no comete ninguna equivocación, no hay alma humanitaria que recuerde lanzarle dos palabras de reconocimiento.

Todos los medios cuentan con un tenebroso especialista arbitral que lejos de empatizar con sus mártires colegas y aprovechar el foro para exponer las complejidades del oficio, se une alegremente a la carnicería. La pobreza del análisis de medios y protagonistas reduce 90 o 180 minutos de futbol a los dos o tres instantes envueltos de polémica. Hasta los comentaristas más tibios y chaqueteros, aquellos que no se meten con nadie, le hacen montón en las transmisiones. Es vergonzosa la impunidad con la que se ataca a la gran víctima de este juego: permanentemente engañada, acusada, ridiculizada y encima, la peor pagada.