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Fútbol mexicano

Pérez

¿Qué guardan en común Arnulfo Tinoco, Narciso Cuevas, Porfirio Jiménez, Tirzo Carpizo y Apolinar Cortés, aparte de que ya ningún futbolista ose llamarse así?

¿En qué se parecen Rubén Omar Romano, Milton Quieroz Tita y Benjamín Galindo, amén de su inigualable clase, reminiscencia de un futbol que se fue para no volver?

¿Qué une a Isaac Ayipei, Jorge Comas, Carlos Poblete y Fantasma Figueroa, más allá de sus tórridos romances con el gol?

¿Qué caracteriza a Adrián Chávez, Juan Hernández, Óscar Ruggeri, Cecilio de los Santos, Antonio Carlos Santos, Gonzalo Farfán, Guillermo Naranjo y Germán Martelotto, además de haber arropado a Zague y Cuauhtémoc en el último América genuino?

¿Y cuál es la curiosidad que comparten no tan ilustres patea balones del ayer como Aurelio Rivera, Raúl Martínez Sambulá, Martín Yamasaki, Sergio Bueno o los papás de Marco Fabián y Javier Hernández?

Todos, absolutamente todos aún estaban en activo la temporada en que el actual portero del Pachuca debutó en primera división. El Conejo Pérez cumplió ayer 44 años. Cuarenta y cuatro tacos. ¡¡¡Cuarentaicuatro!!! Y los celebró en un estado de forma más espectacular que el de Maribel Guardia. Óscar no solo juega en primera, además es titular y por si fuera poco, lo hace en uno de los tres mejores equipos del país.  

¿Cuántas veces le mintieron en la cara quienes le aseguraron que ningún portero llega a profesional rozando el 1.70 de estatura? ¿Cuántos ojos se tallaron al verlo, no en un Mundial, sino en dos Mundiales bajo palos? ¿Quién no pensó que le perseguía la maldición del 97 y que nunca volvería a ser campeón? ¿Quién iba a creerle que a medio camino de los 50 aún seguiría vigente?

Óscar Pérez es probablemente el mejor saltador de obstáculos jamás visto en nuestro futbol. Al principio era demasiado pequeño, ahora es exageradamente viejo, en el medio parecía excesivamente cruzazulino como para cumplir sus sueños. El Conejo, como John Locke (el-también-pelón protagonista de Lost) es un pan de dios… pero que nadie se atreva a decirle lo que no puede hacer. Porque se tragará hasta la última sílaba.