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¿Por qué Guardiola es el Mejor?

Que las mejores películas de la historia se estrenaron entre 1998 y 2002 es una evidencia que no requiere ni argumentación: Run Lola Run, Fight Club, American Beauty, The Sixth Sense, Memento, Requiem for a Dream, Snatch, Amores Perros, Irreversible, Cidade de Deus… Por supuesto que, dos o tres años antes se habían filmado otros inigualables largometrajes de culto como Pulp Fiction, Se7en, Twelve Monkeys o Trainspotting y que aún después de 2002 pudimos disfrutar de Match Point, The Departed, The Prestige…  ¡Qué buenos tiempos! Lástima que después de Inception en 2010, hayan salido literalmente apenas cuatro películas excelentes.  

Aquel pasado que fue mejor. Cuando los niños jugaban en las calles. Cuando la música sí era música. Cuando había cosas que ver en televisión. Todas las generaciones nos sentimos superiores y más afortunadas que las que nos suceden. Despreciamos el presente de modo idéntico al que nuestros padres y tíos desdeñaban las particularidades de nuestros tiempos; aquellos que, comparados con los suyos, consideraban penosos. A diferencia nuestra, ellos habían experimentado ambos tiempos: los suyos y los nuestros, así que no podíamos debatir, ya que nosotros habíamos vivido poco y no teníamos la perspectiva con la que hoy sí contamos para ningunear al cine, la televisión y la moral contemporáneos. 

El futbol no se salva del irracional sesgo con que endulzamos el pasado para demonizar al presente. Al grito de #OdioEternoalFutbolModerno, quienes vivimos otros tiempos reivindicamos la naturaleza perdida del juego en manos de la comercialización que tanto detestamos, mientras convenientemente obviamos que es justo esa comercialización desenfrenada la que nos permite seguir el partido que nos plazca: en vivo o a la hora que nos dé la gana. 

Pero el juego a nivel cancha ha mejorado tanto y de modo tan indubitable en los últimos 15 años que, aunque nadie sea lo suficientemente agradecido como para valorarlo en lugar de darlo por sentado, tampoco se atreve ya a evocar al pasado. El futbol como experiencia visual está más sano que nunca, gracias a Manchester City, Arsenal, Newcastle, Brighton, Napoli, Fiorentina y otros tantos equipos precisos, rápidos e intensos que son más norma que excepción en el futbol moderno. Nadie puede engañarse a sí mismo y convencerse que antes era mejor. 

Definitivamente no lo era. Los laterales tenían todo, menos creatividad. Los medios de contención no representaban el adalid de la técnica individual. Los defensores con capacidad para salir jugando en corto desde atrás en vez de dividir el balón, eran verdaderamente escasos. Y nunca veías a una pareja de centrales instalada en campo rival a menos que fuera en un tiro de esquina. Los equipos no presionaban para recuperar de inmediato la posesión en cuanto perdían el balón. Es verdad que algunos tenían algunas de estas cosas, pero jamás todas al mismo tiempo. Hasta que en 2008 nació un entrenador llamado Josep Guardiola y no solo revolucionó al futbol. Lo mejoró.

Guardiola no fue el primer revolucionario, claro. Necesitó de otros antes que él para reconocerse en un modelo de juego con el cual sentirse identificado. El Futbol Total del Ajax de principio de los 70 y la selección de Paìses Bajos en el Mundial de 1974 hacían todo lo que hoy es norma en el futbol: bloque alto, movimiento, presión, pases cortos… Fuera de contexto, la Naranja Mecánica es un equipo normal, pero lo trascendente es que hace 50 años ese equipo sentó las bases de lo que hoy aún reconocemos como futbol moderno. El entrenador de ambos equipos Rinus Michels era un genio, pero no fue capaz de reproducir su éxito en distintos entornos. Ni en el Barcelona ni en el Colonia ni en el Bayer Leverkusen. Su revolucionaria fórmula solo resultó efectiva en casa.

La segunda gran revolución táctica del futbol en la última mitad de siglo estuvo a cargo de Arrigo Sacchi y el pressing que construyó en un Milan perfectamente sincronizado para controlar los partidos a través de la pelota y el espacio. Líneas juntas, compactas y más adelantadas que nunca. Una fórmula vistosa y ganadora, pero como le ocurrió a Michels en Países Bajos, con Sacchi sólo probó ser efectiva en su propio ecosistema. La regla del fuera de juego evolucionó, pero no el brillante técnico italiano, que se quedó obsoleto. 

Johan Cruyff, el entrenador que más impacto tuvo en el Guardiola jugador, es el tercer ejemplo de técnico revolucionario que supo triunfar con una filosofía ultra ofensiva: el juego de posición donde todos se ordenan en el campo de acuerdo a la ubicación del balón y forman triángulos que ofrecen dos posibilidades de pase y un hombre libre en cada instante del juego. Pero como Michels y Sacchi, la fórmula de Cruyff funcionó para ganar en un solo equipo y contexto. 

Antes de Guardiola se consideraba a Helenio Herrera, Fabio Capello y José Mourinho

Los más grandes “cerebros tácticos” porque sus fórmulas funcionaron en distintos países y ecosistemas. Tenían en común una postura reactiva que priorizaba neutralizar al rival en cada partido. Debates aparte, jugar al catenaccio o al contragolpe no es bueno ni malo por sí mismo, pero revolucionario no es. Ninguno de estos tres grandes entrenadores aportó algo que no se haya visto antes.

Durante décadas se debatió qué era más importante: ganar o practicar un futbol entretenido que defendiera los intereses del juego en su calidad de espectáculo. Ganar o jugar bonito eran conceptos disociados, porque se entendía que jugando como Herrera, Capello o Mourinho el éxito estaba más cerca, mientras la postura romántica de César Luis Menotti o Marcelo Bielsa te alejaba de la victoria. No había más que contar los éxitos de unos y de otros para entender por qué la mayoría de los entrenadores prefería el pragmatismo, que además de ser más efectivo resulta mucho más fácil de instalar.  

Y aquí está el punto clave: la teoría del futbol ofensivo era considerada una propuesta puramente filosófica. Guardiola convirtió la compleja filosofía del futbol ofensivo en ciencia. Demostró que ganar o gustar no son conceptos que exijan elección ni mucho menos debate. Ganar es la consecuencia, no un camino. Y tomar la iniciativa en cada partido no solo es una vía alternativa al éxito, sino la más segura. 

Quince años después su postura arriesgada y centrada en tener el balón no marca tendencia porque gusta como ocurrió con Bielsa y Menotti, sino porque gana como Michels y Cruyff. Y aparte lo hace en todas partes como los grandes apóstoles del futbol defensivo. Esto catapulta al catalán como el mejor de todos.

La exitosa longevidad de Sir Alex Ferguson y sus 13 ligas en 27 años con el Manchester United. Los récords de Carlo Ancelotti: cuatro Champions Leagues y un título de liga en cada una de las cinco grandes competencias europeas. La extraordinaria capacidad de Ernst Happel para ganar la Champions en múltiples clubes periféricos como Feyenoord y Hamburgo. Sin ser claramente ofensivos ni defensivos, hay un puñado de entrenadores absolutamente exitosos que no dejaron escuela con innovaciones tácticas a las que otras mentes brillantes pudieran dar continuidad. 

Guardiola no es el primer rompe récords en la historia de este bonito juego. Tampoco es el único cuyas aportaciones han moldeado el éxito del futbol moderno. Varios como él han impuesto una filosofía de ataque en sus equipos. Algunos, muy pocos, han sido capaces de revolucionar y evolucionar su propuesta para no ser devorados como consecuencia de la contrarrevolución propiciada. Otros entrenadores como él han sido capaces de triunfar en más de dos países. Y por supuesto Pep no es el único entrenador que con altos presupuestos ha guiado a sus equipos a la victoria rutinaria. Pero es el único que ha sido capaz de hacer todo esto a la vez.    

Guardiola no planeó ser el mejor entrenador de la historia ni convertirse en un modelo de estudio ni influir en las nuevas generaciones de directores técnicos ni salvar al futbol. Ni siquiera mejorar a sus futbolistas. Pep, sin buscarlo, ha conseguido esto y más en tan solo 15 años basado en una sola tarea: adelantarse a los problemas que esperan en la cancha a los jugadores que entrena y ofrecerles de antemano la solución. Nadie ha cumplido mejor con tan primario deber.