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Durante muchos años sus fanáticos solo pudieron ver con gusto la tabla de posiciones en la jornada 0. Únicamente en la víspera de cada torneo, ahí donde a falta de goles y puntos, los equipos se ordenan en estricto orden alfabético, podían regodearse en la cima que dicta su tradición. Gloriosa historia a prueba de Champions, pues nunca la ganaron. La vez que llegaron a la final les dieron la vuelta. 

Hoy gracias a ellos Europa se oxigena. Ya no podemos hablar de un circunstancial buen arranque, ni de rachas positivas que tarde o temprano terminan arrastrando hacia el cauce de la cruda realidad.  

Por cada PSG muere un Milan, cada Manchester City mata a un Ajax. Gastar más de 100 millones de euros cada año conduce irremediablemente al éxito. Y aún así hay quienes a falta de recursos para pagar la autopista, se las arreglan para conducir por la libre sin morir en el intento. En estos tiempos en los que la brecha entre jeques y beduinos se ha roto para siempre, subsisten clubes que experimentan con la austeridad como modelo redituable. 

Un año se desprenden de su figura a cambio de 40 millones de Euros. Al año que viene dejan ir a su goleador por 50 millones. Y el que sigue, venden a la figura que queda a precio de 60. Vender bien, comprar mejor y empezar de nuevo. Ingresar tanto dinero como el Porto y sumar tantos puntos como el Barcelona. Ese es el plan.

Uno pregona el futbol refinado, lírico, casi snob. El otro es eminentemente barriobajero. No podrían ser más distintos el uno del otro. Pero los dos empiezan con A, comparten colores, tienen ídolo turco en medio campo, juegan en la capital y han sido el hazmerreír por tiempo suficiente. Ahora mismo, Gunners y Colchoneros navegan universos de gloria paralela, quién sabe si pasajera. Sus sueños parecen tan imposibles como siempre, pero ojo: esta vez sueñan despiertos.