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Una mentira llamada Neymar

Es veloz, tiene buen toque y dribla casi con la misma naturalidad con la que sube imágenes a Instagram. Su majestad de las redes sociales y dios del selfie; su talento no admite escrutinio, su rentabilidad sí. Neymar es un genio y a la vez un inútil. 

La novela alrededor de su fichaje empezó hace cinco años y aún no se vislumbra su final. Entre comisiones, omisiones y lavados, el futbolista más caro de todos los tiempos ha logrado hipnotizar con muy poquito a todos los conocedores que lo ubican ya entre los más grandes futbolistas del planeta. 

Sus piruetas son un escándalo, sus trucos del Youtube son casi tan geniales como los malabares de sus comerciales. Si el futbol se jugara en carpas en lugar de estadios, las mujeres barbudas y hombres elefantes de este mundo tendrían que buscarse la vida fuera del circo.

Pero su figura se vuelve intrascendente cuando le cierran los espacios para galopar con la misma inmunidad de la que goza al colocarse las gorras. Tras su salida del Santos aún lo esperan en todos y cada uno de los escenarios en donde su club o selección jugaron duelos a gloria o muerte… y cayeron. 

La puntería no asoma entre su mayores virtudes y en los mano a mano contra el portero suele pifiarla. Aunque anotar goles no le moleste, lo suyo, lo suyo -amén de tomarse fotos haciéndose el imbécil- es volar desde la tercera cuerda, para exagerar faltas o simular penales. Ante la disyuntiva entre buscar el gol o echarse un clavado, el instinto siempre lo empuja a lo segundo… y cómo culparlo? si ese es su mero mole. 

Sin embargo el futbol sublima la colaboración colectiva. Y de eso Neymar no entiende un carajo. Cierto es que no tiene problemas en compartir de su plato cuando tiene el balón, pero cuando lo pierde, que no son pocas veces, deja que sean otros los que lo recuperen por él. Si la cosa termina en gol en contra, mala suerte: al fin y al cabo en las repeticiones nunca sale quién perdió el balón a 70 metros de la portería y dejó expuestos a sus compañeros. No es el único crack indolente que se pone los audífonos en fase defensiva, acertarán. Pero Cristiano y Messi no eran así a los 23 años.