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Yeims

Se apellida igual que el Puma, pero baila mucho mejor. También es tocayo de LeBron y vende la misma cantidad de jerseys con esas cinco letras que comparten en la serigrafía, pero el suyo es un deporte mucho más bonito. Y bonito es él, tanto como Cristiano Ronaldo, aunque con cara de niño bueno. Angelical como Chicharito, solo que con más toque. Un toque divino, igualito al de David Beckham, pero en zurdo. Esa pierna izquierda bendecida por los mismos dioses que apadrinaron en su día a Lionel Messi, nomás que el colombiano sí supo hacer buen uso de ella en el Mundial. Un Mundial organizado por el país que vio nacer a Neymar hace 23 años, mismo tiempo que lleva James en este mundo, pero sin que nadie se haya tomado la molestia de inflarlo.

Desde que se fue Hugo Sánchez sólo brasileños, argentinos y europeos habían sabido triunfar en el Real Madrid. Pero si algo caracteriza a James Rodríguez es su capacidad para pulverizar tópicos. ¿Que todo refuerzo extranjero requiere de un periodo de adaptación? James se entiende con Cristiano como si hubiera aprendido a jugar futbol en los acantilados de Madeira. ¿Que tras una lesión de dos meses hay que retomar poco a poco las sensaciones? James vuelve con científica precisión e idéntico ritmo de juego. Que lo suyo era nomás un pasajero boom mundialista, que el precio pagado al Mónaco fue un exceso, que sería demasiado lento para el nivel que se exige en el Real Madrid, que no sabría sacrificarse como Di María. Los prejuicios han caído uno tras de otro y ya nadie es capaz de verlo pasar sin quitarse el sombrero.

Algunos aseguran conocerlo desde que jugaba en Banfield, otros nos enteramos de su existencia cuando ya estaba instalado en el Porto, los más empezaron a seguirlo en el Monaco y el resto no sabía quien era antes del Mundial. Pero todos sin excepción nos burlamos del pobre relator la primera vez que escuchamos la pronunciación de su nombre, y aunque lo neguemos, al principio lo llamábamos Yeims.