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Aguirrido

Nunca en mi vida tuve más frío que aquella medianoche en Pamplona. Apenas salí de El Sadar, el aguanieve se abalanzó sobre mí, empujada violentamente por un viento tirano, obsesionado en impedir que llegara hasta el coche.

Aún así lo logré: la espalda empapada, los pies húmedos, las orejas congeladas; al fin todo mi cuerpo estaba dentro del auto. ¡Un momento! ¿Y dónde quedaron mis manos? El sobresalto duró el instante que tardé en comprobar que, como siempre, estaban allí: al final de mis brazos, aunque no las sintiera.

A lo largo de diez minutos fui incapaz de agarrar el volante. Entonces, mientras la calefacción soplaba para desentumir mis extremidades, me pregunté: ¿Cómo diablos hace Javier Aguirre para salir de cama cada febrero sin sacrificar a cambio el buen humor? Se lo cuestionaría la mañana siguiente.

Antes le pregunté a qué hora saldría el vuelo del equipo para jugar en Barcelona. “Aquí siempre se viaja en autobús mano, ¿qué no ves que no hay lana?” Me reí pero no era broma. Todo viaje menor a seis horas es por carretera, pues la directiva no puede costear más de ocho viajes aéreos por temporada. ¿Qué te iba a preguntar Javier? Bueno, ya se me olvidó. Que tengan buen viaje.

Hace tres años y medio el vasco llegó al Osasuna: equipo de Segunda División por excelencia, que a veces robaba oxígeno en Primera y muy de vez en cuando encontraba en la media tabla su auténtico Edén.

A continuación, una calificación a Copa UEFA, una semifinal y una final en Copa del Rey, tres ligas lejos del descenso y un subcampeonato de invierno. Cuando los otros diecinueve técnicos llegaron, él ya estaba allí, batallando contra el frío y contra la historia. Es hora de gritarlo a los cuatro vientos: Lo que ha hecho Aguirre no tiene madre.

Los términos ‘Osasuna’ y ‘Champions League’ nunca se escribieron en la misma frase. En una liga donde Barcelona es todopoderoso y los demás son todos iguales, Aguirre logrará amigarlos. Aún a costa de su última cana.