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Cuando ni Falcao es brasileño

Seiscientos quince días. Una eternidad. Tiempo de sobra para construir un alto edificio, para echarte la prepa abierta o para aprender a hablar. En 22 meses y medio se pueden alcanzar miles de metas: ya seas arquitecto, recién nacido o un vagales cualquiera. Pero en menos de dos años no ganas la Copa del Mundo. Ni aunque te llames Brasil y la organices en casa. 

La Canarinha es a día de hoy la duodécima mejor selección del mundo según el Ránking FIFA, que si bien nunca ha gozado de credibilidad elemental, sí resulta un parámetro avergonzante para el Penta

Analicemos. La constelación reina del Manchester es británica-holandesa. Las piezas más valiosas en la colección del City nacieron en España, Costa de Marfil y Argentina. La joya del Bayern es francesa, en la Juve manda un chileno y el mejor del Chelsea es (una) belga. La figura del Barça es argentino y el dios del Madrid, portugués. Por primera vez en la historia del futbol ninguno de los grandes depende de un brasileño. Colmo entre los colmos: la estrella del momento se llama Falcao… ¡y ya ni con ese apellido salió brasileiro!

Inmadura y enferma, nunca la Seleçao le rindió semejante honor a sus colores: demasiado verde, preocupantemente amarelha. Hoy cualquiera juega en el Scratch. Sabrán de qué hablo si son lo suficientemente viejos como para recordar a Elber y a Jardel: delanteros de época que apuntaron siempre a las redes, pero carecieron del tino para nacer 15 años después y competir por el puesto con niñatos de carne y hueso, en vez de fenómenos de dibujos animados. 

Brasil encara su Copa del Mundo en el periodo futbolístico menos idóneo jamás imaginado, como ya le ocurrió a la palurda generación alemana de 2006. Quienes se regodean pensando en una reedición moderna del Maracanazo en el próximo Mundial están perdidos. Para ello se necesitaría que el anfitrión llegara a la final. Y no hay manera. Esta vez el verdadero Maracanazo sería que Brasil alzara una copa imposible.