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Estimado Señor Blatter

Puede que la deliciosa cena mexicana haya estado pesada y hoy amanezca en su suite urgido de sentarse en el trono antes de empezar el día. Tal vez, entre todos los periódicos, alguien haya elegido dejarle el Milenio debajo de la puerta. Quizá se disponga a hojear la sección internacional, pero su foto en la portada de La Afición le distraiga. Y chance, por cosas de la vida, ahora mismo se encuentre leyendo esta columna.

Nos conocimos en noviembre de 1999, señor Blatter. Yo era un escuincle que gastó sus ahorros en conocer Europa y decidió sacarse una foto en la FIFA. Aquella tarde en Zúrich vi por primera vez la nieve. Llegué a la hoy antigua sede en Aurorastrasse, y para mi bendita suerte me hicieron pasar. A continuación  me regalaron un hermoso llavero de la Copa del Mundo, un libro con la historia de los Mundiales, una gorra y una playera del Fair Play, además de tantos pines como cupieron en mis puños.

De pronto, bajó por las escaleras y me saludó con familiaridad, obviando mi asquerosa facha de backpacker sin bañarse. Me atreví a pedirle que por favor abandonara su loca idea de organizar un Mundial cada dos años, y usted le ordenó a la secretaria que me diera un tour por esas instalaciones que tantas veces había visto por la tele. Fue uno de los días más felices que tendrá mi vida, señor Blatter. Amé aún más al futbol por el trato VIP que el máximo organismo le brindaba a un mugroso aficionado que solo quería tomarse una foto afuera de su edificio.

Hoy, con la misma candidez de hace 10 años aprovecho para suplicarle que ya no sea negligente, señor Blatter. Sabe bien que está en un país que opera al margen de sus normativas más elementales. Que aquí mandan promotores que ni siquiera tienen licencia FIFA. Que somos el único lugar del mundo en donde un futbolista no puede cambiar libremente de club una vez finalizado su contrato. Que solo aquí existe multipropiedad de equipos. Y usted se hace el tonto.

Sin más por el momento, gracias por su atención. Reciba un cordial saludo.